A finales de los años 80 discutía con algunas intelectuales de los Estados Unidos que en América Central, no existía el abuso sexual de los padres contra los hijos, o eran mínimos, como sí ocurría en aquel país el Norte. Aducía mi nacionalismo centroamericano que esa ausencia nuestra de abusos entre la familia era producto de la educación religiosa católica (Dios y Satán= Bien y Mal) y el papel sagrado que juegan los padres dentro de la familia en nuestra sociedad (la madre es mártir y santa, el padre es invisible). Las mujeres me replicaban que sí existían grandes abusos de carácter sexual pero debido al bajo nivel de denuncias por temor y miedo; o por razones de educación tradicional; por la ausencia de democracia, viviendo en dictaduras, estos delitos se silenciaban y ni siquiera trascendían a la prensa. “Cuando haya más apertura en tu país, estas conductas se denunciarán y serán objeto de noticia”. Pero como puede más el “patriotismo”, me era difícil dar mi brazo a torcer. Y no les creí mucho. Me molestaba que dijeran que sí teníamos grandes abusos que se silenciaban. Ahora lo reconozco: mucho de razón tenían mis amigas norteamericanas.
Aunque en esa época, estaba claro el papel que jugaba la tradición y cierto oscurantismo al respecto. Así, cuando estudié en el derecho penal la figura delictiva denominada homicidio “honoris causa” o también conocido como “in rebus veneris”. Similar a la legítima defensa de la vida. En este caso es legitima defensa del honor conyugal, contemplada hasta hace poco en el Código salvadoreño y centroamericanos, el hombre mate a su mujer por encontrarla yaciendo con otro, se exime de crimen por legítima defensa del honor conyugal; pero si la mujer comete la misma acción en contra del hombre se tipifica como uxoricidio o parricidio, el delito de más alta gravedad contemplado en el código Penal, equivalente al cometido contra la madre o el padre. De existir la pena de muerte, a la mujer le sería aplicada; pero al hombre se le concedería la libertad inmediata.
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