Las mujeres tienden a dejarme, tuve más de una docena y todas desaparecieron sin dejarme descendencia. Sólo cuento con mi hija Ivonne, por lo menos la que reconozco. Por ser mujer de nada le servía mi apellido y la inscribí como Ivonne Fernández, por dos razones: por si acaso no era sangre de mi sangre, y por motivos de seguridad, el trabajo que hago amerita ser conspirativo.
Me la fueron a tirar a la puerta de la casa con una carta pidiendo que al menos la educara porque quien firmaba iba a cruzar el muro hacia los Estados Unidos, al pie de la nota leí el nombre de una mujer que yo conocía. El papel decía que habían sido mellizos, pero sólo me dejaba la mujercita. ¿Qué quiso decir con ello? Decidí no quebrarme la cabeza, me hacía cargo o me deshacía de la niña, mujer para desgracia de Dios pero para gracia mía, pues para hombres me basto yo y una mujer no me hace sombra. Dejé de pensar en los mellizos y preferí el disfrute rcordando las tantas mujeres que se acostaron conmigo, con sólo el ofrecimiento de mi cama. Un privilegio. ¿Y qué más? Sólo la madre de Ivonne se puso tonta, dejándome a su hija y amenazándome con traer al otro mellizo que nunca conocí y que quizás se arrepintió y se lo llevó con ella, según me dijo: “La niña es tuya, quizás ella te cambie, sobre el niño yo decido, nunca lo verás ni lo reconocerás”.
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