Es 1975 y desde 1972 estaba viviendo en Costa Rica, con un trabajo precario, ha sido mi último exilio por ahora en esta vida y recapacito si debo dejar de escribir y escoger otro oficio menos tendencioso que ya me había producido varias expatriaciones. En esta ocasión ya tengo compromisos familiares y debo pensar dos veces en implicarlos. Pero como poeta comprometido, el que se compromete el dedo se mete decía mi abuelita.
Consulto con mi corazón y reflexiono, tengo dos posibilidades de cambio: Uno, como abogado; un amigo escritor tico (José León Sánchez, autor de La isla de los hombres solos) pues soy algo así como un doctorando de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador y fácilmente podría sacar una licenciatura en Derecho en la Universidad de Costa Rica; además “la profesión de abogado –me dice José León- en este país tiene la misma connotación del médico y del ingeniero”. Él creía que mi rechazo era por el carácter de la profesión y por mi calidad de escritor. Les digo que no es asunto de escrúpulos por la abogacía -de otra manera no hubiera terminado los siete años- sino por falta de absoluta vocación para el ejercicio de esa carrera.
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