Secretos de la vida
Narro algunas anécdotas sencillas sobre frases y ejemplos que elevan la autoestima, producen mística de país y educa, en especial, en el área de las acciones propositivas. Hace unas semanas, amigos cercanos le organizaron un homenaje a un jurista y escritor que nos acompañó en las primeras aventuras literarias, y ahora se encuentra quebrantado de salud. Dejó la literatura porque la vida lo lanzó a ejercer su profesión universitaria y la política hasta llevarlo a desempeñar cargos públicos importantes. Al verme llegar al club, había una silla reservada para mí junto a él. Nos sabían grandes amigos. Su saludo fue una frase digna de reflexionar. Teníamos años de no vernos, pese a tantos recursos actuales de comunicación. Las primeras palabras al verme fueron: “No me explico cómo aun sigues vivo”.
Claro, somos más de seis millones vivos. Unos viviendo en El Salvador. Otros, lejos. Y miles, muertos sin sepultura. Le expliqué en breve: “Se lo debo a la literatura”. Me hizo pensar en mi formación literaria, desde primer grado como lector de periódicos; por grandes limitaciones familiares en mi casa no había libros. Es una larga historia. Pero estaba mi madre que se sabía de memoria muchos poemas románticos de Latinoamérica de la época. Ella me acercó a la poesía desde mis seis años. Y gracias a los periódicos me di cuenta de que existía un mundo más allá de mi barrio en San Miguel, temas que conversaba a tierna edad con mi barbero o el zapatero del barrio.
La lectura fue mi gran escuela. Aunque, por ser alumno de enseñanza pública, algunos profesores preferían sacarme de clases por sabelotodo. Le pregunté a otro gran amigo con estudios de pedagogía por qué los maestros me expulsaban de clases en vez de estimularme, siendo yo un niño de ocho años. Y me explicó lo problemático cuando no hay homogeneidad en el grupo escolar, el docente debe organizar otras actividades que implican más trabajo.
Y más tarde, el libro escolar, los poemas y narraciones en voz alta contadas al niño por su madre construyeron un escritor reconocido desde muy temprana edad; en el plazo de un mes gané dos primeros premios de poesía después de dejar San Miguel, se pensó que se trataba del seudónimo de algún poeta mayor. A propósito, el periódico donde escribo esta columna los publicó, en 1956, en su página literaria dominical.
Mi madre nunca imaginó que su lectura en voz alta iba a hacerme escritor. Ella quería que fuera abogado. Terminé los siete años de doctorado en Jurisprudencia, pero por razones reales, decidí olvidarme de ello y dedicarme más a la literatura. Hubo otras razones, pero sería otra historia. Es posible que mi madre en su ancianidad se sintiera orgullosa de tener un escritor reconocido, por ser iniciadora de mis instintos literarios. Aunque ya no pudo gozar otros resultados, por ejemplo cuando fui conferenciante en las mejores universidades del mundo occidental (Lovaina, Ámsterdam, Sorbona, Oxford, Cambridge, Nueva York, Stanford, Berkeley, Columbia, UCLA); Suecia, Londres, Escocia, Gales, y otras 30 universidades de Estados Unidos.
La semana pasada di una charla a maestras sobre el tema de género y narración oral. Una docente me preguntó por el Festival Infantil a realizarse en noviembre en la Biblioteca Nacional. Se me vino a la mente mi madre, lo que aprendí de niño con ella, me infló su presencia espiritual, por cultivarme la vocación de trabajo para facilitar espacios a la niñez, requisitos para construir fraternidad, sensibilidad, consenso, paz social, sinergia, poesía, no violencia.



