Los tristes más tristes del mundo
¿Somos los tristes más tristes del mundo? O el poeta Dalton nos calificó mal, o todo se volvió al revés. Desde el 2004, somos los más violentos del mundo. El tema lo abordé en 1996 en una revista luterana, cuando la violencia comenzaba a manifestarse y propuse prevenirla antes que se desbordara. Pero el entusiasmo político por el crecimiento económico nos durmió, la paz se relegó a intereses de facciones. Debían manejarla quienes la habían negociado en nombre de todos los salvadoreños, los sectores beligerantes. ¿Y los muertos y desaparecidos, sus familiares con ofensas infinitas, la diáspora? Este olvido sembró las semillas de cardo, de ortigas y espinas.
En dicho artículo premonitorio, que no he encontrado, señalé el gran vacío del Acuerdo de Paz al no referirse a los temas de cultura y educación. Sugerí no ver con indiferencia el vandalismo creciente en las zonas periféricas pues podría tomar dimensiones nacionales. No hubo respuesta porque no fue percibido por los responsables “de los destinos de la Nación”, por los representantes a quienes delegamos el interés del país, pese a que la democracia es asunto de todos. Claro, el sistema democrático lo establece en piedra la Constitución, y un simple mortal no va a revertirlo. Aunque sabemos que las leyes son hechas por ciudadanos y pueden perfeccionarse para evitar la toma de decisiones a medianoche, a espaldas del soberano, como ya ha sucedido.
Cuando en la India se dice que la humildad es valor fundamental para su desarrollo, nos debe llamar a reflexión y a profundizar para comprender su total contenido. Porque si la res-pública, cosa pública, o República, está resguardada por sus representantes, sin importar que sean noventa, o novecientos, también esas leyes exigen honorabilidad y conducta notoria para bien de los representados. No es pedirle peras al olmo; aunque si podríamos pedírselas, si tomamos en cuenta la ciencia biogenética. El olmo dará peras si se cumplen a cabalidad las leyes. Las reformas legales no son cosa del otro mundo, ni es perverso exigir una democracia compartida y dialogada, con proyección cultural y educativa. Dormiríamos tranquilos si a los representados se nos ganase la confianza.
Pero el Poder, casi siempre pontífice, nos dijo que en nuestro desarrollo no figuraba la educación superior. O afirmó que la paz estaba ganada, no había nada que celebrar. ¿Acaso no celebramos la Independencia? En enero del 2002, los promotores de cultura nos quedamos con los colochos hechos preparando la celebración de los Acuerdos. Pero donde mandan los pontífices los acólitos bajamos la cabeza. Aquí podemos comprender la importancia de la humildad como base del desarrollo que nos hablan en la India.
Así como un escritor, o artista o científico gana prestigio con base a años de trabajo para que sus creaciones ganen presencia social, también la alcurnia política debe ser constante para escudriñar las causas profundas de la violencia, e invertir en prevenir. Salvar a nuestros jóvenes. Con índices alterados o no, la historia nacional pinta cuadros de violencia atroz, desde hace muchas décadas, y ahora se nos hace difícil su erradicación, pese a tener las condiciones para consolidar la paz, vencer la impunidad y construir un país mejor para nuestros niños y niñas que se merecen un presente feliz. Quizás las generaciones pasadas estamos curtidos para vislumbrar la clave del problema. Entre otras cosas la paz que buscamos no tiene colores. Y quien quiera aprovecharse del dolor, sintiéndose libre de pecado, puede lanzar la primera piedra. De seguro le caerá en su conciencia
Desdel El Salvador, América Central. Noviembre 2011



Buenisimo articulo.Deseo que lo lea el mundo entero.