Desacuerdos en paz

Foto del Memorial del Mozote, El Salvador.

Por principio no me agrada tocar temas políticos, tenemos suficiente con los analistas de oficio, mañana, tarde y noche. Prefiero abordar temas educativos y culturales por marginados y a la vez necesarios de divulgar. Es difícil no hacer la excepción ante el hecho político de celebrar el aniversario de la masacre de El Mozote (1981),  acontecimiento que quiso borrarse por quienes dicen que la paz es asunto cerrado. Y lo aceptamos todos, pese a estar de acuerdo con Lincoln que la democracia es del pueblo y para el pueblo.

Ante ese hecho hice algo con lo que estoy en desacuerdo: Contar los niños y mujeres muertas. Lo hago porque el Mozote es ícono mundial como crimen de lesa humanidad, aunque no le damos esa trascendencia. Ejemplos similares son miles son las guerras; pero son pocos los que violan principios de humanidad y quedan en la historia. Uno es Guernica, España, población de cinco mil habitantes donde murieron unas 126 personas, Picasso dejó un cuadro epitafio para la eternidad. Otra es Lídice, en la República Checa, ambos fueron acción de la brutalidad nazi, aquí cayeron 642: 245 mujeres y 207 niños. En la aldea My Lai, Viet Nam: fallecieron 350 civiles por el napalm norteamericano.

El Mozote supera esos casos con 936 masacrados; 515 niños, 55.2%; y 455 mujeres, 48.6% (incluye niñas y adultas). Pero no se le ha dado la dimensión histórica que tienen los tres arriba citados. Difícil pensar que nuestros sentimientos carezcan de respuesta para este tipo de crímenes. A propósito, en 1988, fui invitado para dar una conferencia en la Universidad de Stanford, y me encontré con Poli Delano, escritor chileno, presidente de la Sociedad de Escritores de Chile y cometí el desliz de decirle que los salvadoreños nos estábamos acostumbrando a la muerte. No tuvo compasión conmigo, le resultaba inadmisible que se aceptara el crimen como costumbre. “¿Por qué una sociedad debe admitir el crimen contra su gente?”, me recriminó. Debí explicarle con circunloquios; pese a venir él de la dictadura de Pinochet le resultaba difícil comprender. Acostumbrarse a la injusticia es perder capacidad de asombro, de solidaridad, y humanismo. Pero vivíamos en una época de muerte sin fuerza para indignarnos o protestar.

Pero bien, este enero de 2012 se celebró la paz en la aldea El Mozote, dando así presencia al Acuerdo de Paz, y pidiendo perdón a las familias de las víctimas, después de tres décadas de silencio. Ante este  retraso no podemos culpar a una u otra tendencia ideológica; la sociedad civil debió buscar participación y responder reclamando a sus líderes toda ofensa a la democracia.
Ahora, viviendo un proceso que no admite disfraces, hay que salir adelante con las verdades ciudadanas o nos convertiremos en Estado de excepción. El Mozote es una tragedia que afecta la emotividad nacional. Si seguía silenciándose ¿por qué entonces escandalizarse por la violencia de jóvenes y mujeres victimadas en esta post-guerra social? ¿Eso queremos hacer de nuestra identidad? Considero que una medida de prevención de la violencia será cultivar la imaginación, las emociones y el espíritu crítico. Los irrespetos al Estado de Derecho no deben ser característica cultural. Imposible que nuestros corazones no comprendan la tragedia, antes, durante y después de la guerra.

Me llamó la atención que de los asesinados 168 tienen apellido Argueta, el 17.7% de las víctimas. Ahí comenzó mi interés para esta escribir esta columna, un apellido común en esas comunidades olvidadas y pobres, coincidencias que reviven el derecho al dolor, sin pretextos de intereses, pensamientos o ideas diferentes. La paz es democracia con organización civil, hay que disputarla y defenderla.

Enero 22, América Central, El Salvador, 2012

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