Caperucita en la zona roja, de Manlio Argueta: La propiedad de la literatura

Por Eduardo Muslip, de la Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina.

A Manlio Argueta se lo identifica con el grupo de escritores salvadoreños vinculados con los movimientos revolucionarios muy activos desde la década del sesenta. Esto se debe a la concreta actividad política e intelectual de ese grupo, a aspectos temáticos de la obra de Argueta, al foco en los problemas sociales que orientó la crítica literaria sobre Centroamérica y a los premios obtenidos y el modo de circulación que tuvieron las obras de este autor.

Comenzó siendo publicado en el circuito de los escritores del boom (su primera novela, El Valle de las Hamacas, fue editada por Sudamericana de Buenos Aires, en 1967) pero su reconocimiento mayor comienza con el premio de la Casa de las Américas en 1977 por Caperucita en la zona roja. Su obra siguiente, Un día en la vida (1980), es la que le permite una difusión mucho mayor debido a su inscripción más definida en la literatura testimonial, fuertemente sostenida desde un sector importante de los ámbitos académicos como portavoz de las clases populares latinoamericanas y herramienta de concientización y cambio social. Esta vertiente se profundiza en Cuzcatlán, donde bate la Mar del Sur (1986) y se transforma sustancialmente en sus obras siguientes, Milagro de la Paz (1994) y Siglo de O(g)ro (1997).

La novela de Argueta que aquí vamos a analizar, Caperucita en la Zona Roja, muestra un trabajo con la representación de lo sociopolítico sumamente complejo. Desde la etiqueta de “generación comprometida” que recibió originalmente con otros escritores contemporáneos de su país, hasta la premiación y el reconocimiento de los rasgos más “militantes” de su obra, se enfatizan los aspectos más miméticos de sus novelas, y la realidad a representar era, centralmente, la explotación de los sectores populares salvadoreños por parte de la oligarquía y el ejército. En el contexto de la reacción contra la novelística del boom, se insistía en la necesidad de una mayor verosimilitud, inteligibilidad, lo que se creía que ayudaba a la función militante revolucionaria (Collazos, 1977: 24). Así, los aspectos de experimentación lingüística y narrativa no sólo parecen no valorados sino sospechados; en el caso de las novelas de Argueta crearon cierta incomodidad, que normalmente llevaron a que directamente se ignoraran al momento de analizar los textos. Con el repliegue en los últimos años de las posiciones más extremas sobre la verdad referencial del testimonio, se crean las condiciones para un rescate de los aspectos más “literarios” en la obra de éste y otros autores. Y este aspecto no necesariamente contradice los principios básicos de la ideología política de “compromiso social” sino que puede pensarse que la refuerza. Así, si se dice de Argueta que se muestran unidas la pretensión de “la liberación política y social con la liberación lingüística” (Craft, 2000: 82), resulta pertinente profundizar cómo se observa el trabajo con lo específicamente lingüístico en sus obras.

En el prólogo a la edición de 1981, Ítalo López Vallecillos enumeraba los temas de Caperucita en la zona roja, la materia de la realidad que Argueta tomó para crear el mundo de su novela:

“La participación en la lucha de liberación, la posición de clase de los intelectuales frente a la contienda social, el consumismo en una sociedad marginal y atrasada bajo un sistema de explotación.” (5)

A lo largo del prólogo, López Vallecillos enumera otros elementos: las relaciones sexuales y familiares en el contexto de lucha política, la lucha con la moral tradicional, la sociabilidad y los conflictos internos en los grupos guerrilleros, mezclados con acontecimientos puntuales de la guerra civil salvadoreña:

“Hay también elementos de ‘valor testimonial’: el ametrallamiento de una manifestación estudiantil a inmediaciones del Hospital del Seguro, la persecución, el interrogatorio policial sobre las organizaciones políticas, las torturas en la cárcel, las vivencias del exilio …” (7)

Esto es, hay elementos “testimoniales” strictu sensu: se denuncian dentro de la novela hechos que tienen muy concreta realidad referencial. Pero también la novela es evidencia de múltiples fenómenos de la vida social. La actividad del ambiente de izquierda universitaria está representada con particular minuciosidad, y consigue una imagen que es significativa para muchos otros lugares de América Latina. Las universidades públicas latinoamericanas, desde México hasta el Cono Sur, fueron un ámbito en que surgieron y se desarrollaron grupos de izquierda con cuya actividad intelectual y política –y, en muchos casos, militar– se intentó articular los intereses de los sectores burgueses de ideología de izquierda con la necesidad de políticas de interés para los sectores populares. Se narran los distintos pasos: desde la actividad más o menos regular de proselitismo en la universidad, la proyección a cuestiones políticas más generales, las manifestaciones callejeras, el enfrentamiento con el gobierno y las fuerzas de seguridad, la opción por la lucha armada, la clandestinidad, la derrota; la cárcel y las torturas, el exilio o la muerte, la eventual resocialización de los sobrevivientes y de los que retornan al país en las vacilantes democracias de los últimos años.

Otros aspectos sociales de los que la novela da cuenta son ciertos cambios que se dieron en los sesenta y setenta en el terreno de la moral sexual, que desde ya están en relación estrecha con los movimientos políticos que comentamos. En esta novela la mayor permisividad sexual (relaciones que no llevan al matrimonio ni a la paternidad, mujeres tomando roles similares a los hombres, atención de los niños de un modo casi comunitario, intercambio de parejas) parecen darse más como consecuencia de las circunstancias puntuales que viven los personajes (al borde de la clandestinidad y del exilio, mudándose permanentemente, ocultando su identidad, temiendo la muerte) que por una reacción consciente contra la moral tradicional. Sin embargo, esto sí parece ser percibido por sus enemigos, que, por ejemplo, más de una vez tratan de “putas” a las mujeres de los revolucionarios. Si la reacción contra la moral tradicional no va más allá de una vida sexual lógica dada la vida que llevan, sí puede verse una “reacción” a un nivel enunciativo más amplio: la novela consigue un tono suelto, relajado, incluso humorístico en el tratamiento de las relaciones sentimentales y en el sexo en sí, lo que relaciona a Argueta en este aspecto con una actitud de renovación similar en otros escritores latinoamericanos del boom y postboom.

Como comenta López Vallecillos, los jóvenes que protagonizan la novela se muestran en el contexto de la incipiente sociedad de consumo en su versión centroamericana, de lo que hay múltiples señales a lo largo de la novela. El consumo de ciertos ítemes es un factor de identidad grupal: el pedido de una cierta marca de cerveza, la opción por el tang (sin comillas) en lugar de tal cerveza, la posesión de una cierta marca de camisas… Este fenómeno corre paralelo a una fuerte politización de izquierda que, en principio, contradiría esa importancia simbólica del consumo de “marcas”, símbolos del desarrollo del capitalismo en la posmodernidad. Sin embargo, estos fenómenos no son tan contradictorios si pensamos en el origen social de los grupos de jóvenes de la izquierda universitaria, normalmente perteneciente a los sectores medios y acomodados, a los que les resulta tan natural el acceso a tales bienes de consumo como, dada la orientación ideológica que poseen, la propuesta de una modificación de la distribución de la propiedad contra las desigualdades del capitalismo periférico. La discusión sobre la idea de propiedad –central en la novela; las referencias a la injusticia de su origen y distribución en El Salvador son constantes– corre paralela a la formulación de una lengua literaria que “apropia” para la expresión literaria salvadoreña todo el espectro del discurso. Si lo periférico en una sociedad suele verse a partir de que se evalúa lo local en función de lo “central”, Argueta, en Caperucita en la Zona Roja, toma una posición “central” por cuanto valora y rescata toda la realidad discursiva local, apropiándose desde la tradición oral regional a la cultura alta europea, y alterando las jerarquías establecidas al nivelar la importancia de todas las fuentes. Observaremos ahora en más detalle cómo se imbrican esas diversas fuentes en el lenguaje de la novela.

La variedad lingüística utilizada como norma en la novela es la del español vernacular de El Salvador. De todos modos, no hay una voluntad de “fidelidad” propia del registro documental o antropológico. El lenguaje que hablan los personajes se distancia de las estrategias realistas: ellos despliegan, a veces, una riqueza de recursos metafóricos que puede exceder lo verosímil en la comunicación cotidiana. (“La temperatura le llegó a los cuarenta. Parece una cafetera sudorosa –dijo el papá.” [57] “Siempre está miándose […] es como un reloj, a las doce de la noche desata su sagrado padre río Lempa; si no fuera que le pongo pila de pañales nos tocaría dormir en una piscina.” [102]) Aunque el límite de lo verosímil se empuja bastante, los juegos más complejos se reservan a la voz narrativa.
Por otro lado, los diálogos a veces no parecen reproducir interacciones “reales”, sino que representan una forma de comunicación en la que se explicitan detalles de los vínculos que normalmente no emergen en una conversación concreta. Así, hay diálogos que se componen de largos parlamentos en que se desarrolla más un análisis de la relación que un intercambio real. En un momento el narrador hace explícito este mecanismo: “Llevamos estos diálogos a larga distancia, por la radiografía de la conciencia.” (12)

Aun en las partes en que los diálogos mantienen un código realista, el narrador observa la materialidad de lo dicho y la analiza: subraya lo que hay de función poética en el lenguaje cotidiano, grafica las sinalefas normales en la expresión oral, remarca las aliteraciones (“porquestastantriste –ibas a decirle hasta la cocina esa frase larga como un ferrocarril”) (61). Incluso efectúa un aprovechamiento semántico del error (“un día de estos voy a terminar atada –quiero decir asada”, 12). A veces el uso de la “fonetización” de los enunciados desautomatiza y evidencia los lugares comunes (“perdiendo el tiempo en vez destudiar”, 47). La conciencia de la dificultad de la lectura de estas formas de representación de la oralidad también se hace explícita: “¿Por qué se nos ha dado por hablar desfiguradamente? Un lenguaje confuso. Si no hablamos como la gente al poco rato vamos a estar comunicándonos a señas.” (37)

Estos procedimientos de “literaturización” de la oralidad tienen como contrapartida la incorporación de rasgos de oralidad dentro de la voz narrativa. Esto es, desde ya no hay una separación entre la oralidad propia de la situación dialogal y una voz narrativa “literaria” sino que en ambas se mezclan registros formales e informales, lengua popular y estándar, cultura popular tradicional, mediática y literaria; este es otro rasgo que, como señala López Vallecillos, lo relaciona con otros latinoamericanos de su generación (8). Tampoco llega a haber una continuidad entre las voces de los personajes y las narrativas, puesto que la demarcación se enfatiza por los enunciados que “comentan” los segmentos dialogales.

El uso constante de intertextos de muy diverso origen es un elemento central en la textura de esta novela. Se rescatan el refranero popular y slogans publicitarios; los textos bíblicos y del catecismo y fragmentos de autores griegos y romanos; la poesía del modernismo (hay múltiples referencias a Darío y hasta a poetas menos recordados como Jaimes Freyre) y la poesía española del siglo de oro y de la romántica; tangos y canciones populares anónimas; poetas del heterogéneo canon de autores “comprometidos” (Miguel Hernández, Vallejo, Neruda, Dalton) y narradores latinoamericanos contemporáneos (Rulfo, Cortázar). Y se rescata toda la literatura occidental infantil, popular o autoral.

Como mencionamos, la obra propone para la literatura salvadoreña una apropiación de los bienes culturales a los que puede tener acceso, y esta apropiación del lenguaje y de la cultura se da en un contexto sociopolítico que discute la idea de propiedad en todos los terrenos. Puede comentarse que los antecedentes más claros de apropiación de la cultura universal en América Latina provienen desde un marco ideológico diferente (el ambiente cultural que permitió la emergencia de una figura como Borges fue el de la modernidad más bien liberal de principios de siglo en el Río de la Plata). Pero en el caso de otras sociedades que no pasaron por ese proceso, fueron los movimientos de izquierda los que –si bien fracasaron dramáticamente en su proyecto de transformación estructural en lo económico– crearon las posibilidades para una “apropiación” local de los bienes culturales. Y en esta actitud saben aprovechar también ciertos antecedentes locales: el caso más significativo en El Salvador es el de Salarrué.

Dijimos que la apropiación de todos los elementos de la cultura occidental se da, al mismo tiempo, con la alteración de las jerarquías de los bienes culturales, modificando el “valor” tradicionalmente otorgado a tales bienes; observaremos en más detalle este fenómeno. De este modo, se permite incorporar referencias a literatura latina clásica (Julio César, las Catilinarias, etc.), a Cervantes y a Calderón, al mismo tiempo que la literatura de Salarrué o tangos. El procedimiento normal en la novela es más el de “uso” de la cita que la mera “mención”, lo que reafirma el gesto de apropiación (las citas casi siempre muestran algún grado de distorsión, se mezclan entre sí, se altera el valor semántico normal) y están sometidas a una función expresiva estrictamente a partir de la intención comunicativa puntual de los hablantes. La fonetización al español de los nombres en inglés y el uso sistemático de las minúsculas reafirman esta voluntad de “nivelación” de elementos de jerarquía, en principio, diferentes: “la almohada con un murciélago adentro, según me contabas el cuento de horacio quiroga. Recordar a Juanita de Suchitoto, muy bien vestida, por las calles empedradas, con olor de flores, a las cinco por florida …” (89-90) Los personajes conservan las mayúsculas (Juanita es una mujer con la que se relaciona Alfonso, y de la que Caperucita tiene celos), y las referencias culturales como Quiroga o la calle Florida pierden la mayúscula al perder también valor referencial y jugar con la mera cita, con el valor fonético del significante (“muy bien vestida, por las calles empedradas, con olor de flores, a las cinco por florida” es la letra de un tango, y “el cuento de horacio quiroga” remite a la repetición normal de dicha frase más que a la mención del autor concreto. La adaptación gráfica de los nombres en otras lenguas subraya el efecto de apropiación: “tiene más arrugas que el culero de yon guayne” (50).

Otro aspecto en que Caperucita en la zona roja integra voces de esferas en principio diferentes está en el entrecruzamiento de lo rural y lo urbano. Si bien se marca que algunas personas vienen “de la montaña”, otros “del oeste”, u otros siempre vivieron en San Salvador, en la novela se muestra una sociedad en que lo urbano y lo rural se mezclan notablemente, favorecido tal vez por la poca distancia geográfica y por los movimientos de población que generaron los movimientos armados. (La clandestinidad lleva a viajar de un lado a otro; el ocultamiento en la ciudad parece imposible, y también en el campo, los campesinos son obligados a desplazarse de un lado a otro, se relatan fugas hacia los países vecinos, el recorrido en tren parece más suburbano que conectando ciudad-campo.) Este fenómeno que se da por la geografía de El Salvador sin duda no se observa en un mismo nivel en contextos como los de México, donde la ficción se sitúa de modo claramente diferenciado en contextos rurales o urbanos, o en los grandes países sudamericanos; y tal vez tampoco se de en otros países centroamericanos como Guatemala, Nicaragua u Honduras, cuyo territorio presenta una fragmentación social y hasta lingüística más significativa.

Si bien la diversidad en lo intertextual es central en la novela, hay intertextos que tienen un papel estructural, constitutivo, que son los de la literatura infantil. Lo que aparece desde el título, que condensa muchas de las líneas temáticas de la novela: la actividad de los grupos revolucionarios, la sensación permanente de inseguridad y la violencia que termina por eliminarlos, la vida sexual que se muestra con menos restricciones que en los ambientes más tradicionales de la sociedad salvadoreña y, por supuesto, la del relato infantil tradicional.

El intertexto del relato infantil tiene muy diversas funciones. El uso del relato infantil produce un efecto paródico: la función didáctico-moralizante propia del relato infantil se proyecta a la novela. Los “buenos” y los “malos” de los relatos infantiles son los “buenos” y los “malos” de la historia de la lucha política. El mundo de buenos y malos, y de mensajes didáctico-moralizantes, eficaz cuando el destinatario es un niño, queda relativizado y parodiado cuando el contexto es adulto, y se transforma entonces en una relativización y parodia del mundo de firmes juicios morales propio de estos grupos de activistas.

La parodia de la función didáctico-moralizante aparece repetidamente, con el cierre de fragmentos formulando “moralejas”: después de contar la anécdota de un empleado de la compañía telefónica que mata al perro por el que fue mordido en un barrio rico, cierra con “moraleja: el que con perros anda, a morir aprende” (110); más adelante, se cuenta la “fábula del gato y el ratón” (162), que termina con “moraleja hay que ponerle el cascabel al ratón”. En ninguno de los dos casos la lectura atenta de las anécdotas permite inferir tales moralejas; el simple valor alegórico que podría tener el relato infantil (esto es, explicar con la “sencillez” y claridad de la lógica del cuento infantil la vida adulta) se subvierte al concluir con moralejas confusas y absurdas en función de la historia contada.

Otra característica el relato infantil es la pérdida de la ubicación temporal y espacial: las historias transcurren en ninguna parte, en ningún momento preciso. De esta manera, las historias políticas, explicables rigurosamente a partir de un contexto histórico, suavizan su carácter tan “coyuntural” para volverse algo más “atemporal”, un relato no tan ligado a una coyuntura política y social concreta. Se transforma en una historia con niñas “inocentes”, abuelas “puras”, lobos “malvados”, siempre con la necesidad de las comillas por el recurso de la parodia. Este recurso, impensable en las formas de novela testimonial que después se canonizarían –el testimonio no puede dejar nunca de estar atado a un lugar y tiempo muy concreto–, reaparecerá en la producción más reciente, como lo observa Hood (1998: 7) en Mario Roberto Morales o como comenta también Mackenbach sobre otros autores (2001: 11).

Otro efecto que el uso del intertexto produce tiene que ver con una válvula de escape a la tensión propia de la novela en que los personajes están siempre al borde o en plena clandestinidad, o en peligro de ser apresados o muertos o ya apresados y torturados, viviendo en un lugar y sabiendo que tal vez deberían abandonarlo en poco tiempo. En el agobio de esa vida en tensión permanente, las referencias al mundo de la literatura infantil se constituyen en una forma de evasión, tanto en el nivel de los personajes como en el de las voces narrativas, y ese escape a un pasado infantil protegido y atemporal está también posibilitado y verosimilizado por la franja etaria a la que pertenecen los personajes. Todos son muy jóvenes y se encuentran con tensiones de vida adulta, están en el medio de una trama política que no pueden comprender del todo hasta caer en la disciplina del campo de entrenamiento militar; al mismo tiempo, se trata de personajes que en el ámbito familiar están más cerca de ser considerados adolescentes o incluso “niños” que propiamente adultos. Los personajes ya “adultos” juegan a que son lobos, niñas, abuelitas, y son como niños que, en otra dimensión, juegan a que son adultos, juego que impone su realidad: son protagonistas de un relato que determina que, en efecto, a la vuelta de una esquina pueden ser inesperadamente atacados y muertos. El juego se da tanto a nivel del discurso figural como del narrativo:

“–¿De quién es esta naricita tan grande?

–Tuya y es para olerte mejor

–¿Y estas orejas inmensas?

–Son para oirte mejor

Y te vas con la cestita al hombro, entre los lirios del campo. ¡Miradlos! Con paso de qué lindo bocadito.” (174)

Si bien son los personajes los que parecen estar “jugando”, la falta de “realismo” en la oralidad que ya comentamos hace que parezca un juego más de la voz narrativa general (en la que se agrega, en este caso, la parodia al texto bíblico) que una construcción atribuible a la subjetividad de los personajes.

La mezcla de elementos de la cultura infantil con las escenas “adultas” que se describen es constante. (“Espejito espejito quién es la más bella de este reino de tinieblas de mi cuarto oscuro”, “Uniformes verdes pintarrajeados como tigres de la malasia”, “yo abriendo las celosías para mirarte mejor y no estar detrás de un espejo”, 96) y la lista sigue, tanto con referencias a relatos del canon cultural europeo con historias locales. Con el intenso trabajo con el relato infantil, Argueta se inscribe en un género central para la literatura salvadoreña, sobre todo a partir de la obra de Salarrué, un autor cuyas obras juegan con un destinatario entre infantil y adulto, y cuyos juegos de lenguaje, cruce de referencias culturales, uso de la parodia, revalorización de la lengua vernacular, están muy presentes en esta novela. Incluso, muchos de los juegos de trascripción fonética de la oralidad son directamente citas de este autor. Sobre la importancia de la literatura infantil en El Salvador resulta inevitable recordar la muy comentada y discutida, en ese país, supuesta referencia de Gabriela Mistral a El Salvador como “el pulgarcito” de América, de la que se habla mucho pero cuya fuente nadie especifica.

Hay otros juegos que integran la trama infantil a la novela. El rol de los animales es uno de ellos. Los perritos no hablan pero “es como si hablaran” (el narrador “traduce” los reclamos de los perros: “Apaguen la luz”. “¿No podrían poner una música más bonita?”, 99). Los juegos de palabras ya nombrados también acercan el texto a los géneros infantiles del trabalenguas o de los juegos fonéticos típicos de la canción infantil. Es la “cultura infantil” en su conjunto la que aparece: desde Blancanieves (Espejito espejito …), Las Mil y una noches, a Emilio Salgari, a los juegos (el gato y el ratón). Si bien, como comentamos, todas estas referencias no son específicamente salvadoreñas sino “occidentales”, de hecho también “fechan” la generación presentada: un texto que rescatara hoy la “cultura infantil” de personajes de la edad de los que se presentan en la novela (veinte a treinta años) presentaría referencias muy diferentes. La apropiación de los bienes culturales de occidente se ve reforzada así por el uso de la cultura infantil, en la que convergen temas y culturas de origen muy diverso.

Como vemos, Caperucita en la zona roja constituye una novela que aúna a su voluntad explícitamente testimonial y de denuncia un trabajo con el lenguaje que reubica la obra dentro de las corrientes literarias latinoamericanas que permitieron una innovación en el lenguaje literario en sí, a partir de la utilización de múltiples recursos: uso de la oralidad presente y tradicional de la sociedad representada; un lenguaje que abandona la función mimética básica para permitirse lo experimental; un uso estructural de la parodia. El contexto de politización de izquierda en las décadas del sesenta hizo posible este surgimiento por cuanto este grupo de escritores, a la vez que provenientes de los sectores de la burguesía local, discutieron no sólo la propiedad en el sentido económico sino que reivindicaron para su literatura la propiedad tanto de la tradición oral y literaria locales como la del conjunto de la cultura occidental. Esto es, transformaron un lugar de enunciación periférico (o más aún, como dice Arias, de “marginación en la marginación”, aludiendo al lugar “secundario” que en términos literarios siempre tuvo América Central frente a México o el Cono Sur) (1999: 77) en un centro, a partir del rescate y del trabajo con todos los elementos culturales que conformaban su realidad, su pobreza y su incipiente ingreso a la sociedad de consumo, lo urbano y lo rural, el lenguaje cotidiano y el de los clásicos, el profano y el religioso, las lecturas locales y del conjunto de la tradición universal. Más allá de los retrocesos a los que llevó la historia (las guerras civiles y la derrota de los proyectos sociopolíticos con los que los intelectuales como Argueta se identificaron) y de otros fenómenos en la evolución del campo literario (con la sospecha sobre este tipo de literatura frente a otras que suponen un compromiso más estrictamente político) Caperucita en la zona roja es parte del corpus literario latinoamericano cuya voluntad expresiva supera los límites a los que las coyunturas políticas y académicas pretenden recluirlos.

© Eduardo Muslip

Obras citadas
Argueta, Manlio, 1977: Caperucita en la zona roja. La Habana: Casa de las Américas.
Arias, Arturo, 1999: “Textualidad y tendencias discursivas en Guatemala, antes y después de las masacres”, en: Román-Lagunas, Jorge/Mc Callister, Rick (comp.), 1999: La literatura centroamericana como arma cultural. Colección Centro Internacional de Literatura Centroamericana, vol. 1, Guatemala: Editorial Oscar de León Palacios, 75-82.
Collazos, Oscar, 1977: Literatura en la revolución y revolución en la literatura. México: Siglo XXI.
Craft, Linda, 2000: “Al margen de la función testimonial en dos novelas recientes de Manlio Argueta”, en: Román-Lagunas, Jorge (comp.), 2000: Visiones y revisiones de la Literatura Centroamericana, Colección Centro Internacional de Literatura Centroamericana, vol. 3, Guatemala: Editorial Oscar de León Palacios, 81-90.
Hood, Edgard Waters, 1998: “Manlio Argueta, Longino Becerra y Mario Roberto Morales: tres vertientes de la novela testimonial centroamericana”. Congreso de LASA. http://168.96.200.17/ar/libros/lasa98/Hood.pdf
López Vallecillos, Ítalo, 1996: “Prólogo” (1981), en: Argueta, Manlio, 1996: Caperucita en la zona roja. San Salvador: UCA, 5-10.
Mackenbach, Werner, 2001: “Realidad y ficción en el testimonio centroamericano”, en: Istmo. Revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos, 2:2001, http://www.wooster.edu/istmo/articulos/realidad.htmlinternet viagra pharmacy

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06 2009

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