INCULTURA VIAL Y DIGNIDAD
Manlio Argueta*
Siempre camino por las calles de San Salvador. En especial en el Centro Histórico (cuna de identidad salvadoreña), donde más camino. Lo necesito, pues si al novelista se le considera un cronista de su sociedad, debe absorber la materia prima vital, aunque esto produzca riesgos. Por ejemplo: al atravesar una bocacalle, busco la zona de seguridad, ya ocupada por los vehículos que quieren pasar en su prisa anormal. Mi estrategia es mirar con súplica al motorista que tiene ocupada la zona de seguridad. Luego, con inocultable enojo, le hago señal para que retroceda, ¡que me deje pasar! pues a mis espaldas vienen más automóviles y buses en loca velocidad. A mi súplica y enojo le ponen ojos de crimen y debo darme por vencido. Paso por detrás del vehículo, porque de hacerlo por delante, si el conductor ya tiene paso, corro peligro que se me lance encima. Tres veces lo intenté y me respondieron con ganas de disparar. Prometo no repetirlo. Prefiero vivir un tiempo más.
Es un problema cultural: todos queremos ser primero yo, segundo yo, tercero yo.
Otro riesgo: los peatones tienen el verde para el paso; pero cuando van a la mitad de la calle, se enciende el rojo, y los vehículos parten a toda velocidad, pues la cultura es hacer de la calle una autopista. Te apartas o ¡adiós mi flores!
También hay desfachatez: esta semana leí, por enésima vez, declaraciones de una funcionaria de tránsito: “la gente debe subir a las pasarelas si no quiere morir atropellada”. No hay duda que estas ideas homicidas son por carencia de formación. Capacitemos en derechos humanos a los garantes de la seguridad ciudadana. O estamos fritos.
Insisto con mi necedad: las pasarelas deben destruirse. Sabemos que en mandos superiores hay funcionarios inteligentes y con poder, y saben por qué deben destruirse. Sin embargo seguimos escuchando que si no subes la pasarela tienes derecho a morir. La muerte como derecho. Y las víctimas son los que forman la mayoría votante: los de a pie.
Solución: necesitamos semáforos con paso peatonal, y que los agentes de tránsito se vean en las calles. Dejen que los ex diputados se cuiden solos. Y para acabar de fregar leo las nuevas normativas municipales: aplicarán multas a los peatones que no use las pasarelas o la zona de seguridad. Increíble. Estamos condenados, en vida a las llamas.
Sé que los responsables escucharán mis terquedades sobre cultura vial. De otro modo no gastaría pólvora en zopilotes.
¿Y el transporte público? Se ha comenzado a construir el Metro en Panamá. Claro, tienen un pozo petrolero: el Canal, que recibe ingresos por US$2.318 millones anuales. Mientras nuestra mina de oro: las remesas nos da diez veces menos, y lo percibido es para consumo, no para inversión. Los dólares vuelven al origen de las importaciones.
Más ejemplos en América Central. En Costa Rica, con una economía parecida a la salvadoreña, sin remesas ni Canal, tiene un tren eléctrico, rápido y cómodo, que une dos provincias; y optará por el tranvía en lugar los buses articulados. Pensémoslo bien: no tenemos calles anchas para carriles preferenciales, y el petróleo nos seguirá incinerando. El tren y el tranvía usan electricidad, ¿producto nacional? En Guatemala, los buses articulados ya comenzaron a fracasar pues se necesita mucha organización, vigilancia y cultura vial humanizada. La ventaja del tranvía es ser angosto, apropiado a nuestras calles. Y como las rutas tradicionales de buses seguirían existiendo, será menos fácil que violenten el paso de una vía con rieles. Solo sugiero.


