Guatemala: José Manuel Arce
Manlio Argueta
En 1984 estuve en Francia, invitado por la Universidad de Toulouse. En esta ciudad del sur francés aproveché para visitar a mi amigo Salvador Montoya y a su esposa, salvadoreño y argentina respectivamente, ambos académicos universitarios. Fue Salvador, con varios años de exilio en Europa, quien me dijo que Manuel José Arce Leal, poeta, periodista y dramaturgo guatemalteco estaba enfermo. Para señas, el poeta era descendiente directo del primer presidente de Centroamérica, el salvadoreño y general Manuel José Arce (1768-1847).
Hicimos el viaje de unos 60 kms. Era una casa rodeada de frutales propios de la región. La propiedad me hizo recordar las descripciones de las alquerías (según traducción en español, ya que es un término de origen árabe) que había leído en La leyenda de Gosta Berlin, de mis primeras lecturas de adolescencia, de la autora sueca Selma Langerlof (1858-1940), feminista y pacifista, la escritora más popular de los países escandinavos junto a Hans Christian Andersen.
Era de esas casas rurales que vienen del siglo XIX; casi parecida a lo que aquí llamamos casco de la hacienda, paredes altas, sin ventanas, hecha de adobes, como una gran bodega. Pero por dentro y por fuera, Manolín vivía en un pequeño edén. Nos presentó a su esposa que nunca se nos acercó, siempre a una distancia de los visitantes, una mujer que, además de ser muy guapa, me llamó la atención su tristeza y el turbante que ocultaba sus cabellos. De cuello alto y delicado me hizo recordar el cuadro de la esposa de Amadeo Modigliani, Jean Hebuterme. Pensé que podía estar enferma, pero el enfermo de un inicial cáncer pulmonar era su compañero poeta que moriría un año después (1985).
El gran orgullo de José Manuel era el pequeño museo con cuadros, libros y en especial la espada de quien fuera el primer presidente de la República Federal de Centro América (1825-1828), su homónimo, fama de este que contrasta con la del descendiente y poeta, exiliado por sus críticas a la oligarquía guatemalteca.
Su tatarabuelo y general salvadoreño, al principio de ideas liberales, se entregó a los conservadores gachupines que invadieron a El Salvador desde Guatemala en las primeras guerras regionales, fundó el ejército salvadoreño y propició el primer golpe de estado en Centroamérica, General Manuel José Arce.
Los poemas de Manolín, como le decíamos sus amigos, estaban dentro de la misma línea de los de Otto René Castillo, y fueron contemporáneos de la Generación Comprometida de El Salvador. Castillo y Arce hicieron una poesía política que los llevó a padecer el exilio y en el caso de Otto René a su asesinato, como ocurrió después con su hermano de poesía Roque Dalton: ambos fundaron el Circulo Literario Universitario, Universidad de El Salvador, 1956.
Tanto Otto como José Manuel vivieron en San Salvador, este junto a su padre José Manuel Arce y Valladares, en 1954-55. Años más tarde, desde su Guatemala, Manolín tuvo que salir al exilio a Francia.
En homenaje a Manolín, y a veinticinco años de su muerte, extracto un ejemplo de su estilo. Se trata de sus columnas publicadas entre 1970 y 1978, en El Gráfico, Guatemala, y editadas en el libro Diario de un Escribiente (Editorial Piedra Santa, 2008, Guatemala). Aunque cito un fragmento breve, dadas las 216 páginas del libro, el tono es igual. Nos da idea de la gran tradición de la prensa escrita de ese país, un periodismo de lenguaje depurado, con maestría de la palabra, “amigable y evocador”, pleno de valores sociales y sobre todo perdurables, porque pese a sus contenidos de protesta, son consideradas actualmente como piezas clásicas del columnismo, sin perder el rumbo digno ni el olfato de calidad, no obstante las prisas diarias de un escritor de periódico.
En su selección de las columnas publicadas en Diario de un escribiente, se nota la voz del intelectual y poeta, opuesto a las injusticias y a la guerra sucia y cruel que se avecinaba en Guatemala, y que luego estalló en El Salvador y Nicaragua. Nos dio la voz necesaria para liberarse de la opresión cuyas raíces se encuentran desde la declaratoria de la independencia en 1821, y que se manifestaron casi 170 años en dictaduras armadas. “En el país de los asesinos se atrevió a ser un niño. Por supuesto su principal inocencia fue la inocencia de la poesía”, dice una reseña del libro el escritor y periodista guatemalteco Maurice Echeverría.
Transcribo un fragmento titulado “Yo no quisiera ser de aquí”. Solo quien conoce el exilio, la persecución y la diáspora, va a percibir la dimensión emotiva de estas palabras, pero su estilo es evidente de la gran tradición periodística de su país:
“Porque ser de aquí es una enfermedad incurable. Uno se va y entonces la nostalgia. Uno se va, pero las noticias lo persiguen, los ojos buscan siempre un algo de aquí, la distancia castiga. Uno se va. Pero aunque se vaya, no se va: uno anda llevado a Guatemala adentro, como un amado cáncer, como una idea fija, como un verde corazón que siempre duele al palpitar y que palpita siempre.
“Yo no quisiera estar aquí. Yo no quisiera ser de aquí. Y aunque me duele el dolor del mundo, perdóneseme, pero me duelen menos otros países, que este.
Me voy, a veces. Me meto en un libro y me voy. Tomo un pasaje de canción o recuerdo y me voy. Escribo una carta, me meto con ella en el sobre, me pongo en el correo y me voy. Pero dura muy poco mi viaje: desde adentro de mi mismo este país –este pequeño y cruel país-, se me hace presente, me sangra, me duele…
Cuanto amor en el dolor. Cuanto dolor en el amor. Qué dura eres Guatemala”.
Desde América Central, en San Salvador, febrero 9 de 2010.










