Las barbas en remojo
Manlio Argueta
Me gustaría referirme a mis temas preferidos: lectura, libros, arte, educación. El arte hace a los jóvenes más inteligentes, dicen en Costa Rica y llevan la música sinfónica a Guanacaste, provincia marginal hace dos décadas, ahora un emporio de turismo y riqueza. En Zimbawe y Senegal, Africa, de los países más pobres del mundo, están invirtiendo más del 6 % del PIB en educación, “como solución para salir de la pobreza”. Nosotros estamos apenas en el 3%. Pero esta vez la columna toca otros puntos: la masacre en Tamaulipas.
Hace tres décadas me decía un escritor salvadoreño residente en México D.F., que lo peor de caminar en las calles del D.F. era encontrarse con policías, porque además de robarte vapuleaban, y menos con delincuentes que eran más benignos pues solo asaltaban. Por esa época hubo depuraciones de funcionarios corruptos. Porque el Estado no puede hacerse de la vista gorda ante la corrupción, o se arriesga a ver sustituida la paz y concordia social por un desenfreno ascendente.
Incluso en estos tiempos, por experiencia propia, me ha tocado padecer en el aeropuerto mexicano, al grado que renuncié a hacer escala o viajar por la aerolínea de ese país. Esto lo comenté con Carlos Monsivais, el difunto cronista de esa ciudad, atribuyéndolo a mi mala suerte. “Es posible que a otros no les pasé, solo a mí”, le digo. Aunque pensé para mis adentros, vengando mi situación ofendida: “Como México no hay dos, gracias a Dios”. Pero también traje a mi memoria esa frase conocida por todos los mexicanos: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Tan cerca de Arizona.

















